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jueves, 21 de abril de 2011

La sociedad abierta

Empezaré a leer, en estas vacaciones, un ensayo fundamental para comprender el verdadero significado de la democracia, “La sociedad abierta y sus enemigos” de Karl R. Popper, eminente filósofo austriaco. Es una obra en la que se critica fuertemente el pensamiento político de Platón, de Hegel y de Marx. De hecho, el título que inicialmente Popper pensaba darle a su trabajo era el de “Falsos profetas: Platón, Hegel y Marx”. Personalmente pienso que el gran filósofo de la ciencia (Karl Popper realizó importantes aportaciones a la epistemología en “La lógica de la investigación científica”) hizo lo correcto al seleccionar el nombre con el que conocemos a su tratado: “La sociedad abierta…”. Y vaya que tuvo presiones para no incluir esa expresión (“La sociedad abierta”) que a mí me parece bellísima e intelectualmente impecable. Alguien con un peso académico tan fuerte como Friedrich A. Hayek, de hecho, no estaba de acuerdo con su utilización en el título. Así, Hayek le escribió a Popper: “No creo que la ‘sociedad abierta’ debiera aparecer en el título: no transmite inmediatamente el significado que encierra en el libro”. Pero, en 1944, Popper se decidió: “No me importa si el título es La sociedad abierta o sus enemigos o La sociedad abierta y sus antagonistas”. Le daba lo mismo “enemigos” que “antagonistas”, hasta que opinó el gerente de una editorial: “Estamos todos de acuerdo en que ‘La sociedad abierta y sus enemigos’ es mucho más preferible a ‘(...) sus antagonistas’…”.

Todo ese debate sobre el título de una obra maestra tenía que ver con razones mercadológicas. Para publicar algo tan complejo los editores tenían que asegurarse de que, al menos el título, fuera aceptado por el público. ¿Esto significa que a Popper le resultó difícil llevar a las librerías su trabajo que transformó la sociología? Mucho muy difícil. Fracasó varias veces para que se le publicara en Inglaterra y Estados Unidos, a pesar de las recomendaciones de eminentes amigos como Hayek. El gran filósofo llegó a escribir cartas como la siguiente: “Tengo muy poca esperanza en que el libró se publicará a fuerza de recomendaciones (tales como las de Friedrich o Condliffe). Solamente enviándolo por ronda a editores surtirá efecto, y eso lleva tiempo, y tengo claro que nadie puede asegurar el éxito”. En otra carta dijo: “Debo decir que no entiendo la situación. Envío un libro a mis amigos, un buen libro…  Les pido que actúen como agentes míos, que busquen editores, consigan que lo lean, si es posible sin mucho retraso porque el libro tiene algo importante que decir, y finalmente pelear con el editor el que yo no estoy dispuesto a aceptar cortes. Y me encuentro, primero, con que mis amigos, que tienen la mejor opinión de mí, están convencidos, antes de haber abierto el libro, de que no es lo suficientemente bueno para publicarse sin que yo pague los costos. Y que cuando lo leen y encuentran, para su sorpresa, que no estoy escribiendo para que me publiquen sino porque realmente tengo algo urgente que decir, no deciden entonces actuar enérgica y confiadamente como mis agentes, sino más bien como el agente ficticio de un editor; en vez de esperar a que un editor demande cortes y pelear con esas demandas en interés de un libro valioso y a favor del autor, que sabe lo que está haciendo, ellos mismos sugieren esos cortes; y entonces anticipan incluso, y actúan asumiéndolo, que yo estaré de acuerdo, a pesar de mi pronunciamiento claro por lo contrario”. Cuando Cambridge Press rechazó el libro, Popper escribió: “Tristes noticias, sin duda”. Y después dijo en otra misiva: “Estoy luchando contra el sentimiento deprimente de que, incluso si escribiese tan bien como Horacio, nadie lo imprimiría”. Y volvió sobre el tema: “No tengo nada nuevo que informar, aparte del hecho de que yo, alma desagradecida que soy, estoy todavía muy deprimido. Temo que el libro no se imprimirá”. Y la depresión no lo abandonaba: “Ahora estoy casi convencido de que mi libro caerá en el vacío”.

Por fortuna, el libro se publicó, cambió la mentalidad de muchas personas, enriqueció el debate sobre la democracia y el totalitarismo, ha sido traducido a numerosos idiomas y muchos años después de haber sido escrito sigue iluminando a las personas que necesitamos entender qué es lo mejor para una sociedad. Hoy tengo esa obra en mis manos y empezaré a leerla ahora mismo. Había leído ensayos sobre “La sociedad abierta y sus enemigos” de Karl Popper, pero no me había dado la oportunidad de leer la obra original. Hoy la tengo en mis manos, la compré hace unos días y, al hacerlo, pensé en todas las dificultades que el autor enfrentó para publicarla. Ha sido un éxito para sus editores y, sobre todo, ha jugado un rol fundamental en el debate sobre la naturaleza de la democracia.

miércoles, 20 de abril de 2011

Peña Nieto y el efecto Barça

Cuando se supo, hace unos días, que el Real Madrid y el Barça se iban a enfrentar varias veces en muy poco tiempo, sobraron los pronósticos de los expertos y de los menos conocedores: el equipo catalán iba a aplastar fácilmente al cuadro madrileño. Lo más que le daban al Madrid era un empate contra tres derrotas por goliza. Eran entendibles estas predicciones habida cuenta de la innegable superioridad del Barcelona, que en los clásicos anteriores no sólo superó a su tradicional rival, sino que lo humilló con un par de tremendas golizas.

Pues bien, ya se dieron dos de esos cuatro juegos. El único empate pronosticado para el Madrid se dio en el primer partido. En el segundo, pues la goliza a favor del Barça simple y sencillamente no apareció. Todo lo contrario, con un bonito gol de Cristiano Ronaldo, el Real Madrid se llevó la victoria y el campeonato en la Copa del Rey. Ya se verá qué pasa en los siguientes dos encuentros, pero queda claro que la paliza al Madrid simple y sencillamente fue una mala profesía.

Cualquiera que haya estudiado un poquito de epistemología sabe que la ley de la inducción no es la más adecuada para alcanzar el conocimiento objetivo. Como dice Karl Popper, no porque todos los cisnes que alguien haya observado sean blancos, se debe concluir que absolutamente todos los cisnes son blancos. También hay cisnes negros, no muchos pero uno que otro existe.

Es decir, no porque el Barça con su actual entrenador había ganado todas las finales, las iba a seguir ganando por los siglos de los siglos. De hecho, hoy perdió una.

El efecto o la maldición del Barça podría a la perfección aplicarse a Enrique Peña Nieto. Casi todos los comentaristas lo ubican ya en Los Pinos como el sucesor de Felipe Calderón. Basan su profesía en que durante los últimos cuatro años Peña Nieto ha ganado, y con facilidad, en todas las encuestas de preferencias electorales. Pero, diría Popper, no porque vaya adelante hoy significa que va a ganar en la encuesta final, la de 2012.

Así que, como demostró el Real Madrid este miércoles, cualquiera que se tenga fe y realice un buen trabajo tendrá oportunidad en las presidenciales mexicanas del año próximo. No todo está perdido pues, para Santiago Creel, Marcelo Ebrard, Andrés Manuel López Obrador, Josefina Vázquez Mota, Alfonso Lujambio o los que sea que aparezcan en las boletas electorales como candidatos del PAN y del PRD-PT-Convergencia.