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lunes, 26 de diciembre de 2022

El poder en la mujer, ¿destruirlo o cambiarlo?

Puedo generar controversia, pero eso es justamente lo que no busco.

 

Hace algunos años, en los inicios de mi carrera dentro del complejo mundo de la comunicación política, por invitación de un hoy exgobernador, acudí a su estado.

 

Fui recibida y conducida hacia donde él, junto con otras personas, cenaba en un conocido y afamado restaurante del lugar donde ya me esperaban. Al finalizar la noche, él indicó a parte de su personal de seguridad que me condujeran al lugar donde yo sería hospedada durante mi estancia, además de darme indicaciones sobre lo que haríamos a la mañana siguiente: nos reuniríamos en un estadio de fútbol donde nos esperaría un helicóptero para sobrevolar tierras mexicanas que él entonces gobernaba. Fue así como empecé a trabajar para aquel político siendo parte de un gran equipo conformado para difundir su agenda política y actividades gubernamentales. Aquellos fueron años de mucho aprendizaje para mí.

 

Con el transcurso del tiempo logro recrear fascinantes experiencias que he tenido a lo largo de mi carrera. Saboreo “a un nivel profundo”; me gusta analizar lo vivido en este territorio tan particular que son los círculos más íntimos y de confianza.

 

Leí recientemente “El último hombre blanco” publicado por Nuria Labari. Ella escribe sobre “el poder”. Y no sobre cómo alcanzarlo, o detentarlo (que también), sino por qué destruirlo y cambiarlo. Se refiere a este mundo que intenta gritar que las reglas se conservan ahí donde no se discuten; reglas de hombres que no se cambian puesto que les hemos concedido tener siempre la razón.

 

Lejos de montarme sobre una reseña feminista con argumentos sólidos sobre desigualdad en el mundo, me iré del lado de lo salvaje y emocionante que me resulta una historia como la mía; personalísima. De cómo he experimentado y aprehendido actitudes dentro de un ambiente profesional, en mi caso, correctamente político.

 

“Hoy hay que ser mujer y hombre, por separado y simultáneamente; como si fuese ello una preciosa aleación de hierro y carbono resistiendo altísimas temperaturas sin deformarse”, dice la escritora y periodista en esta novela; lectura que obliga a reflexionar sobre lo cotidiano para nosotras las mujeres. 

 

El libro me resulta como una encarnación muy vívida. Y sigue:

 

“Como mujer he moldeado mi cuerpo, mi tiempo, mi lenguaje y hasta mi vida sexual. ¿Y todo esto para qué? Para conseguir tener tanto poder como un hombre y ser aceptada en sus círculos, ganarme su total confianza y convertirme, por fin, en uno de ellos. ¿A alguna de ustedes les suena conocido un caso como este? Sucede, sobre todo, en el ámbito laboral, sí… donde la falda, los tacones y la blusa se ajustan a nuestro cuerpo con fuerza para ser más fuerte que la mayoría, más agresiva y más hombre que cualquiera de los que nacieron con el privilegio de serlo.” Y es que es así. Yo aprendí a trabajar como hombre y a conducirme como uno de ellos. A vestirme de igual manera dentro de la arena donde se toman las decisiones. A hablar y reír cuando se lanza algún comentario machista o un chiste sexista pues “nadie se fiará de nosotras mientras no seamos uno de ellos.” Este libro está lleno de verdades.

 

Y que “el control del cuerpo que el trabajo exige de ellos es otro. Siempre se sentirán a salvo bajo sus camisas de manga larga y zapatos ingleses. Nuestro cuerpo, en cambio, está siempre expuesto. Un buen cuerpo en una mujer que va al trabajo sigue siendo lo mismo que un traje caro en el cuerpo de un hombre.”

 

“Pues resulta que cuando cualquier mujer como yo se siente en la cima de su carrera profesional, cuando lleva años viviendo, pensando y ganando exactamente lo mismo que sus colegas masculinos, una se atreve a echar la vista atrás y observar que nuestro éxito es también resultado de una monstruosa transformación personal.”

 

“Pudiera yo ser la voz y testimonio de cualquier hombre poderoso, pero no. Sólo creí que necesitaba escalar una montaña para llegar a la cumbre y que ese camino, si bien no tiene por qué ser elegido, sí debe ser recorrido palmo a palmo. Como si el bienestar económico o laboral tuvieran relación, no con las necesidades básicas del individuo, sino con el goce de la vida.”

 

Son palabras contenidas en las páginas de Nuria, pero bien hubiera querido escribirlas yo. Hay en ellas plena identificación de mi parte. A lo que voy y lo importante es una verdad clarividente revelada en dicho texto: el “trabajo” es el lugar donde la transformación es posible para las mujeres en un solo sentido: la retribución económica. “Trabajo” es la única palabra masculina que de verdad nos hará libres a las mujeres de todo el mundo. El dinero hay que ganárselo y el trabajo es lo que permite repartirlo con justicia. El dinero es lo único capaz de convertir el mal en bien.

 

Pero es con el tiempo y, a veces a falta de él, que llegó a mí una respuesta; la inteligencia obliga a preguntarse a qué le damos sentido y dirección. La transformación de la mujer a través de su realización profesional nos obliga a ajustarnos a modelos que nos siguen siendo ajenos. ¿Seremos capaces de cambiar nuestro entorno para seguir desarrollándonos? Nuestras decisiones personales siempre serán parte de esta evolución. 

 

Mi recomendación es leer a Nuria Labari con El último hombre blanco: 266 páginas de aguda introspección. Deslumbra su escritura afilada y hermosa con la que va destruyendo a martillazos verbales la fiabilidad de ese mundo que parece tan conocido.