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domingo, 11 de septiembre de 2011

Torres Gemelas, hace 10 años

Este domingo se cumplen 10 años del atentado que acabó con las torres gemelas de Nueva York y que, según algunos analistas, una década después sigue golpeando fuertemente al sistema financiero global. En efecto, buena parte de la incertidumbre económica que hoy agobia al planeta tiene su origen en el evento terrorista del 11 de septiembre de 2001.

Los acontecimientos importantes tan traumáticos se quedan imborrablemente guardados en la memoria. Pasan los años y todas las personas que teníamos cierta edad seguimos recordando con claridad lo que estábamos haciendo cuando aquellos aviones destruyeron a las dos torres neoyorquinas. Es así que uno de los ejercicios periodísticos más socorridos en estos días es el de pedir a diversas personalidades narraciones breves acerca de cómo vivieron los atentados de Al-Qaeda.

Por ejemplo, en El País se pueden leer los testimonios de José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno español; de Josep Guardiola, entrenador del Barcelona; de Juan José Millás, escritor, y de muchas otras personalidades.

Creo que mañana millones de seres humanos realizaremos el ejercicio de recordar lo que hacíamos el día en el que Osama Bin Laden aterrorizó a toda la humanidad. Estarán llenos de estas historias los blogs, los mensajes de Twitter y Facebook, las conversaciones telefónicas y las charlas cara a cara. Por lo que a mí respecta, contaré enseguida cómo viví aquel 11 de septiembre.

Hace 10 años, con 22 de edad, ni me había casado ni había tenido hijos. Yo pasaba una temporada en la casa de mi abuela. La mañana del 11 de septiembre, antes de irme a trabajar a la Universidad Panamericana (por las tardes estudiaba la carrera de Pedagogía), advertí que había llegado a la casa una señora que ayudaba a mi abuela. Me di cuenta de que algo anormal ocurría por la agitación con la que ellas dos veían la televisión. Me acerqué a la recámara y pude ver cómo se estrellaba el segundo avión y cómo se venía abajo el gran edificio. Parecía una película de ficción, una de tantas producciones estadounidenses en las que algún ataque interno o externo destruye a Nueva York. Pero no se trataba de un filme exitoso, sino de la triste realidad.

Comprendí de inmediato la gravedad de lo que había ocurrido. Fue tan impactante ese atentado que, 10 años después, terminó por desestabilizar los pilares sobre los que se sostenía el sistema económico imperante.

Hace días leí un análisis publicado en la prensa británica, en el que el autor recordaba que Bin Laden, antes de ser asesinado, veía la televisión. El analista especuló que con certeza Bin Laden veía canales financieros en los que, desde hace años, lo único que se comenta es lo mal que está la economía. Seguramente el terrorista pensaba, antes de morir, que había logrado su propósito: golpear brutalmente al mundo capitalista donde más le duele, en los mercados.

Sin duda, el atentado de hace 10 años cambió la historia. Hoy estamos viendo, con la crisis económica que no cede, que lo cambió para mal. Mucho es lo que se tendrá que hacer para superar los problemas. 

lunes, 2 de mayo de 2011

Bin Laden me debía una pasta de dientes

Osama Bin Laden. Nació en 1957. Millonario y terrorista, una de las peores combinaciones para definir la personalidad humana. Hijo de una mujer originaria de Siria y de un padre nacido en Yemén. Hombre de gran mérito el yemení Muhammad Bin Laden, quien nació pobre y se convirtió en el mayor constructor de Arabia Saudí.  La fortuna de la familia Bin Laden es, simple y sencillamente, de fábula. Lograda, como muchas en el tercer mundo, más por relaciones políticas que por trabajo empresarial en un ambiente de sana competencia económica.
Osama, el hombre más buscado del mundo, se alimentaba de plantas, pan afgano, sopa, leche de cabra y yogures. No probaba la carne y dormía en el suelo, incluso a la intemperie. Pero no era un salvaje. Se graduó en ingeniería, administración de empresas y teología. Hijo de un hombre riquísimo por sus amistades con la familia real saudí, amigo de príncipes, Osama Bin Laden fue un producto de la cultura del privilegio que, por llevar su ética religiosa al extremo, terminó entregado a la guerra en su versión más terrible: el terrorismo, que no ataca solo a soldados enemigos en el campo de batalla, sino a cualquier persona en cualquier lugar.
Solo alguien con esa biografía podía ser líder de un grupo terrorista integrado por fanáticos. No cualquier grupo terrorista, sino el más dañino de la historia, Al Qaeda. Por eso, en su locura genial (pese a todo, hasta para realizar el mal en gran escala se necesita una dosis elevada de inteligencia) pudo dirigir desde las montañas de Afganistán el acto de terror más terrible que se recuerde: el atentando a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de setiembre de 2001.
Con fortuna propia desde pequeño (heredó a los 13 años de edad unos 80 millones de dólares),  se acercó al radicalismo islamista desde su época universitaria. Influyó en él un fundamentalista, profesor de la Universidad de DJedda, Sheik Abdullah Azzam. Por eso no vaciló, muy joven, en 1979, en comprometerse contra la invasión de la Unión Soviética de Afganistán. Viajó a Pakistán para apoyar a la resistencia y, al volver a Arabia Saudí, se convirtió en recaudador de fondos para financiar la causa contra los soviéticos. Fue entonces bien visto por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, que se las arreglaron para entrenarlo en tácticas de combate, sí, pero sobre todo en el arte de mover grandes cantidades desde paraísos fiscales a través de sociedades fantasma.
Con veteranos de la guerra de Afganistán formó, en 1988, Al Qaeda. La suyo ya no dejaría de ser la guerra santa, que declaró a Estados Unidos cuando esta potencia, en 1991, invadió Irak por primera vez. No solo rompió con los estadounidenses, sus antiguos aliados, sino con sus compatriotas cuando estos permitieron que el suelo saudí fuera usado por el ejército norteamericano como uno de sus centros de operaciones contra Irak. Por su capacidad de organización y por su facilidad para conseguir recursos, Al Qaeda estableció bases en numerosos países: Argelia, Uzbekistán, Siria, Pakistán, Indonesia, Filipinas, Líbano, Irak, Kosovo, Chechenia, Cisjordania, Gaza.
Perseguido, sin la nacionalidad saudí que le quitaron,  desterrado de varios países en los que se refugió, Osama Bin Laden vino a encontrar cierta estabilidad (pero no sé si esta sea la palabra adecuada) en Afganistán, donde se entendió con el mulá Muhammad Omar, jefe de los talibanes, a quien le entregó en matrimonio a una de sus hijas. Es de leyenda la mansión que se mandó construir en territorio afgano.
Bin Laden fue un líder muy capaz para dirigir en términos logísticos y para financiar operaciones bélicas, pero no rehuyó participar directamente en los combates. Organizó un primer atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York en 1993, que dejó cinco muertos. En 1998 ordenó que estallaran coches bomba en las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania, lo  que provocó que 257 personas perdieran la vida. Fue responsable del ataque contra el crucero US-Cole en Adén en octubre de 2000, con 17 muertos. Dio forma al Frente Islámico Internacional, integrado por los principales grupos extremistas islámicos. Cuando Estados Unidos empezó a perseguirlo, vivió en una cueva en las montañas de Afganistán, equipada con tecnología de vanguardia. Su obra máxima fueron los atentados del 11 de septiembre, en el que murieron miles de personas y que cambiaron la política y la economía globales.
Diez años después del atentado contra las Torres Gemelas, el terrorista más buscado murió en un operativo de las fuerzas especiales de Estados Unidos, así lo anunció el presidente de este país, Barack Obama, en una noche de fiesta en Nueva York. Una fiesta que más vale que termine pronto porque, es un hecho, solo ha caído Bin Laden, pero no ha desaparecido el terrorismo.
Osama Bin Laden. Multimillonario, vegetariano, académicamente preparado, fanático de su religión. Cambió al mundo y las vidas de todos nosotros. Sacudió a la economía y metió a la política mundial en una fase de paranoia aguda. Los efectos de su guerra santa todos los hemos sentido. Hace unas semanas, en el aeropuerto de Mérida, Yucatán, los vigilantes me quitaron una pasta de dientes y un perfume. Bin Laden se fue debiéndome esos productos.