lunes, 5 de diciembre de 2011

NO ERA UN BALÓN, ERA UN TIGRE Y VENÍA DIRECTO A MI CAB EZA

El autogol es en el fútbol lo que en la vida cotidiana podría ser para un comerciante entregar dinero de más al dar un cambio, para un candidato hablar de libros que no se han leído o en el peor de los casos, estando en la intimidad con la pareja confundir su nombre con el de alguna ex pareja. Es la pena, el ridículo, la vergüenza, pero también la recontra afirmación de nuestra propia naturaleza falible. Lo que le sucedió ayer a López Mondragon en el duelo de la semifinal de su equipo Querétaro contra los Tigres, no se trató de una mala técnica individual, tampoco de una jugada forzada que orillará a acometer el esférico de forma atropellada, no, simplemente se trató de uno más de los muchos momentos en los que la circunstancia se apodera de nuestra mente y una mente apoderada por lo regular responde de forma precipitada, torpe y a veces hasta sin mucho convencimiento de ejecutar las órdenes cerebrales. Autogoles históricos, aquel lamentable del defensa colombiano Andrés Escobar en el mundial de fútbol Estados Unidos 94, no sólo impactó en el destino de su equipo sino en su propia vida pues su trágico deceso según se supo fue una vendetta por esa falla mundialista. Menos trágico, mucho menos claro, el famoso autogol de la leyenda de las porterías, el extraordinario Miguel Marín que en un juego de temporada regular contra el Atlante, al despejar un balón con su brazo presa del arrepentimiento buscó rectificar su mecánica corporal y acabó por incrustar la pelota en su propia meta.

 

Pero qué hay del “pánico escénico “, del ambiente como rival a vencer, si bien es cierto ayer el cuadro felino no jugó ni siquiera a la mitad del potencial que podía haber manifestado, teniendo a una equipada delantera comandada por Lucas Lobos y Damián Alvarez, su rival queretano entró a un paredón dispuesto a que lo fusilarán y en esa agonía por saberse ejecutado decidió la opción del suicidio con el balazo de un autogol; las causas son varias pero quiero explicarlo señalando una serie de situaciones aparentemente entendidas por el equipo de Gallos que a final de cuentas sumaron en su contra: el propio marcador desfavorable del partido de ida que implicaba ganar a como diera lugar para acceder a la final, las tentaciones que rondaron a su mejor jugador Carlos Bueno luego de que en la prensa deportiva se filtrara el interés del América y hasta del Cruz Azul por hacerse de los servicios del más reciente campeón de goleo, las seguramente también fuertes tentaciones de firmar a Saturnino Cardozo por un equipo de mejor categoría y por supuesto el volcán en erupción en el que se convierte la cancha del Universitario de Nuevo León, por ese inigualable apoyo de la fanaticada norteña que sin duda pesó más que cualquier acción del equipo del Tuca en el ánimo de los rivales. Por eso cuando algún psicólogo escuche a López Mondragon relatarle lo que sucedió la noche del 4 de diciembre en la semifinal contra Tigres, no deberá sorprender que en la descripción de la jugada diga que en el momento en que la pelota venía en el sentido de su ubicación, súbitamente se transformó en un feroz tigre que venía directo a su cabeza y que no tuvo más que sacudirse sus garras de encima para no terminar devorado por esa indomable fiera. La presión produce visiones fantásticas no hay duda y también autogoles.

 

Don Balón.

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