jueves, 28 de abril de 2011

Los segundones o el síndrome Príncipe Carlos

Por lo que se ve, el príncipe Carlos de Inglaterra, que ha esperado una larga vida para ocupar el primer sitio en la monarquía británica, no llegará nunca a esa posición. Cada día más viejo, cada día más marginado, cada día menos relevante que su madre, la reina, y que sus propios hijos, Carlos parece destinado a ser el paradigma del eterno segundón. Lo bueno para él es que se ve feliz sin las responsabilidades, las obligaciones y las tensiones propias de ser el número uno.

No estoy inventando ninguna teoría con esto del síndrome del príncipe Carlos. Admito que leí una nota relacionada con tal concepto en www.expansion.com, en la que un profesor de negocios teoriza acerca del papel de los eficaces colaboradores de los líderes empresariales. Se trata de personas competentes, leales y muy trabajadoras que se contentan con cubrir las espaldas de un director general recibiendo a cambio un buen salario y magníficas prestaciones, eso sí, sin aspirar nunca a sustituirlo.

En Televisa, ahora muy de moda gracias a la señora Paula Cusi, hay un dirigente máximo y tres segundones que ganan lo que quieren y son inmensamente felices porque, en última instancia, si hay problemas terminan siendo del número uno. Es claro que el jefe en esta televisora es Emilio Azcárraga Jean y sus segundones son Bernardo Gómez, Alfonso de Angoitia y José Bastón.

El empresario fundador de El País, Jesús de Polanco, comentó un día que había podido levantar un imperio mediático gracias al talento de sus segundones, especialmente del escritor Juan Luis Cebrián, que aportaron la creatividad y que se llevaron todos los méritos intelectuales, dejándole a él, al señor Polanco, el único privilegio de siempre haber puesto el trasero para que le dieran de patadas los numerosos políticos y empresarios que se sentían lastimados por las grandiosas hazañas de sus colaboradores.

Lo anterior significa que ser segundón es cómodo, inclusive muy gratificante y en las grandes organizaciones una ocupación muy rentable que se ejerce con cierto estrés, pero no con todo el estrés que se tiene que tragar completito el número uno.

En la política abundan los segundones famosos que terminan pasándosela extraordinariamente bien porque saben servir con eficacia y lealtad a un líder que es el que recibe todos los golpes.

Un excelente segundón muy conocido entre nosotros es Emilio Gamboa Patrón. Fue un importantísimo secretario particular de Miguel de la Madrid, un leal funcionario al servicio de Carlos Salinas de Gortari, un buen colaborador de Ernesto Zedillo, un sobreviviente priista cuando el PAN llegó al poder al que no despeinaron los vientos en contra porque se puso detrás de Roberto Madrazo y es ahora uno de los políticos que, sin duda, estará en el gabinete de Enrique Peña Nieto si este llega al poder. Gamboa ha pasado por dos o tres crisis, que son poquita cosa comparadas con las tormentas que han sacudido a todos sus jefes.

Otro segundón de la política bastante famoso es Marcelo Ebrard Casaubón. El 80% de su carrera la hizo a la sombra de Manuel Camacho Solís, y cuando Camacho cayó en desgracia se las arregló para crecer como un colaborador de Andrés Manuel López Obrador. Cuando Ebrard llegó a la jefatura de gobierno del Distrito Federal parecía que al fin iba a ser un número uno, pero se topó con la obstinación de López Obrador que nunca lo dejó moverse libremente y que hasta se dio el lujo de imponerle aquel arreglo político de Juanito y Clara Brugada en Iztapalapa. Lo peor, para Ebrard, vino cuando decidió que necesitaba ayuda para independizarse de AMLO. La buscó y la encontró en su jefe de tantos años, Manuel Camacho, con lo que Marcelo perdió todavía más autonomía.

Otro segundón que siempre dio la impresión de tener madera de líder, pero que no se atrevió a serlo, es el senador Manlio Fabio Beltrones. Empezó como colaborador de don Fernando Gutiérrez Barrios, de ahí pasó al equipo de Carlos Salinas, después aceptó el liderazgo de Luis Donaldo Colosio, no se reveló cuando Ernesto Zedillo lo maltrató, se convirtió en el número dos de Roberto Madrazo luego de la derrota del PRI en el año 2000, y en el actual sexenio, cuando pudo ser el principal priista del país, se disciplinó tanto que, paralizado, permitió que Salinas y Televisa construyeran la candidatura de Enrique Peña Nieto, dejándolo a él, a Beltrones, nuevamente como un segundón.

Gran segundón de Ernesto Zedillo, con muchísimo poder en su momento, fue Liébano Saenz, quien en la sombra, oculto en la secretaría particular de Los Pinos, manejó buena parte de la política mexicana disfrutando con ello de las mieles del poder sin pagar el costo de las hieles de la responsabilidad de ser el número uno.

Segundones sobran. Les va muy bien. Trabajan, sin duda, se estresan porque saben que no deben descansar en su tarea de cuidar al líder. Pero nunca tienen las responsabilidades gigantescas que alteran la presión arterial, destruyen el estómago y desestabilizan el sistema nervioso de un número uno.

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