viernes, 1 de abril de 2011

Las actuales peleas de Don Quijote


Hace poco más de un año, leí en www.cubaperiodistas.cu, en el mundo se hablaban 6 mil 909 idiomas, según el censo de Ethnologue: Languages of the world. Digo se hablaban porque, como se mencionaba en ese sitio, “quizá para cuando ustedes lean estas líneas, algunos de ellos hayan desaparecido ya: en la selva nigeriana, por ejemplo, se contabilizan hasta 200 lenguas diferentes, la mayoría vinculadas a tribus remotas que tarde o temprano quedarán atrapadas en las redes de la globalización”.

El chino mandarín es el idioma más hablado, con mil millones de personas que lo dominan. Pero el inglés no se queda muy atrás e inclusive, en cierto sentido, supera al chino: 350 millones de personas lo emplean como lengua materna, otros 350 lo hablan con cierta propiedad y mil millones más lo utilizan en algún momento.

¿Y el español? Tiene unos 400 millones de hablantes nativos y el Instituto Cervantes calcula que alrededor de otros 18 millones lo estudian en la actualidad. Esto es, nuestra lengua está muy lejos del inglés y del chino mandarín, “los gigantes contra los que, con armas mucho más modestas, pelea hoy Don Quijote”.

Pero en algo sí supera Don Quijote a Hamlet y a cualquier personaje de ficción creado en la tierra de Mao: “Más de tres mil quinientos libros se calcula que están escritos con relación al Quijote de Miguel de Cervantes”, dijo Gabriel Corchero. “Esta gran cantidad de títulos sobre la base de un solo libro es la más extensa que se conoce en toda la historia de la literatura”.

Las palabras de Corchero las tomé del libro de Álvaro Armero “Visiones del Quijote”, que es un compendio de opiniones sobre el Quijote de intelectuales de todo el mundo. Vale la pena leerlo, yo lo adquirí, hace días, en la librería del Fondo de Cultura Económica ubicada en el Colegio de México en el Distrito Federal.

Entre todas las opiniones que da a conocer Armero, quiero citar la de Salvador Dalí:

“Lo que más me gusta de toda la filosofía de Augusto Comte es el momento preciso en que, antes de crear su nueva ‘religión positivista’, sitúa en la cima de su jerarquía a los banqueros, a quienes atribuye una importancia capital. Tal vez se deba al atavismo fenicio de mi sangre ampurdanesa, pero siempre me he sentido deslumbrado por el oro, se presente bajo la forma que se presente. Al haber aprendido en mi adolescencia que Miguel de Cervantes, tras escribir para la mayor gloria de España, su inmortal Don Quijote, había muerto en la más triste miseria, y que Cristóbal Colón, después de haber descubierto el Nuevo Mundo, también había muerto en las mismas condiciones y además cargado de cadenas, ya en mi adolescencia, repito, mi prudencia me aconsejó con denuedo dos cosas.
1.- Crearme mi propia cárcel lo antes posible. Y así lo hice.
2.- Convertirme, en la medida de lo posible, en ligeramente multimillonario. Y así ha sido.”

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