martes, 26 de abril de 2011

La boda real

Los cuentos de hadas a todas nos gustan. Pero, desgraciadamente, son muy pocas las que de verdad se encuentran con un príncipe, e inclusive estas –si Lady Di viviera no me dejaría mentir– en ocasiones se topan con la desagradable sorpresa de que el aristócrata con el que se casaron resultó ser un sapo que abandona a la bellísima doncella de la historia porque está enamorado de una rana. Y conste, en el Reino Unido esta es una historia de la vida real.

Los cuentos de hadas, así me parece, no suelen ser republicanos, al menos no recuerdo ninguna historia de este tipo en la que se enamoren una heroína de la democracia y un libertador. Lo normal en los cuentos de hadas es la monarquía. Blanca Nieves vino a encontrar la felicidad con un príncipe, no con un primer ministro perfectamente acotado por su parlamento o con un presidente bien controlado por su congreso. Blanca Nieves, en efecto, realizó su sueño con un monarca soberano de esos que no le rinden cuentas a nadie. Lo mismo La Cenicienta.

Supongo que eso es lo que explica el interés excesivo que está despertando el próximo matrimonio entre Kate Middleton y el príncipe William del Reino Unido.

Sí, el erario británico aportará una importante cantidad de recursos para esa boda, pero es la promoción más barata que la ciudad de Londres puede recibir. Un evento superior en promoción turística para esa metrópoli sería, tal vez, los Juegos Olímpicos, cuya próxima edición ahí se celebrará. Pero la inversión que el gobierno del Reino Unido está haciendo en las Olimpiadas es simple y sencillamente cuantiosísima. No creo que ni siquiera la final de la Liga de Campeones de Europa, que tendrá lugar también en Londres, vaya a provocar el mismo impacto que la boda real.

Hay que admitir que los ingleses han sabido sacarle jugo a su monarquía. Con sus escándalos, se entretienen. A su reina, la han convertido en un ícono. Se las arreglaron para tener a su propia Blanca Nieves en la persona de Lady Di. Pero, ingleses al fin, decidieron que su princesa no tuviera un final feliz. Faltaba más. Eso sí, liberales siempre, se las ingeniaron para que en su cuento de hadas la madrastra (Camila Parker Bowles) le robara el galán a La Cenicienta (Lady Di). Y para no quedar mal con tantos filósofos que los han elogiado, como Voltaire, los ingleses determinaron que su mayor príncipe, Carlos, sea un verdadero sapo. Y lo es horroroso en serio.

Han sido tan exitosos en la venta de su monarquía que la británica es la única casa real que juega en primera división. Todas las otras compiten en divisiones inferiores.

La monarquía en esa nación es un gran negocio. No sé si el sitio más visitado del Reino Unido sea el Palacio de Buckingham, pero segura estoy que es al que primero acuden todos los turistas que llegan a la majestuosa Londres.

La única monarquía que pudo haberle competido a la británica  como atractivo turístico es la francesa, que dio al mundo maravillosos personajes de tragedia como los Luises y, sobre todo, María Antonieta, aquella reina de película que cuando supo que los pobres no tenían pan pidió, tan generosa ella, que les dieran pasteles. Pero los franceses, por su terquedad republicana, no sólo descabezaron, al inventar la guillotina, a la inigualable María Antonieta y a su torpe marido Luis XVI, sino que, sin saberlo, aquellos revolucionarios heroicos privaron a su país de un atractivo fundamental en una industria floreciente dos siglos después: el turismo.

No es que no sean bellos los palacios en Francia, lo son desde luego y millones de personas los visitan. Pero dentro de los mismos ya no hay príncipes ni princesas. He ahí la gran diferencia. Porque lo que entusiasma de más a la gente, hoy en día, no son tanto las majestuosas edificaciones construidas en toda Europa en tiempos tan monárquicos como despóticos. Lo que en verdad llama la atención son esos seres humanos considerados príncipes y princesas, reyes y reinas, que habitan los palacios.

Es bonito visitar Versalles en Francia. El lugar es bellísimo, pero por ahí ya no camina la realeza. En los palacios británicos, en cambio, la gente desde la calle, verja de por medio, juega a ilusionarse esperando ver caminando por ahí a la reina o a los príncipes.

En uno de los países más liberales que existen, intachable en términos democráticos, la monarquía es un gran negocio, y sus ciudadanos lo aprovechan, así sea para vender a los embobados turistas una taza o una camiseta con el rostro de Kate.

En México, en nuestra democrática república… ¿de qué hablo? Democracia, lo que se llama democracia no hay entre nosotros, no la hemos consolidado y cada día damos pasos enormes hacia atrás, sobre todo porque el presidente al que le tocó encabezar la transición democrática, Vicente Fox, decidió sentirse rey y gastar su tiempo en organizar grandes festejos para halagar a su princesa, Martha Sahagún, en el Castillo de Chapultepec. Solo para eso sirvieron Vicente y Marta, para buscarse la sangre azul. Y así nos fue.

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