miércoles, 27 de abril de 2011

Díaz Serrano... Diana Cazadora, ahora sí solitaria

En 1979, cuando yo nací, Jorge Díaz Serrano dirigía Pemex. Los descubrimientos de importantes yacimientos, el estilo gerencial agresivo y echado para adelante de Díaz Serrano y, sobre todo, el histrionismo del entonces presidente José López Portillo, llevaron a la nación, al menos a la parte oficialista de la nación, a pensar que México había encontrado al fin el camino del progreso ininterrumpido. López Portillo, cegado por el petróleo, dijo: “México, país de contrastes, ha estado acostumbrado a administrar carencias y crisis. Ahora…  tenemos que acostumbrarnos a administrar la abundancia”. Bendito optimismo que no sacó a nuestra sociedad de sus crisis económicas iniciadas con el anterior presidente, Luis Echeverría, sino que lo hundió en problemas todavía mayores.

Recuerdo lo anterior porque ayer falleció el mencionado Jorge Díaz Serrano, un hombre que al mismo tiempo protagonizó una de las mayores historias de corrupción que se recuerden y una extraordinaria historia de amor, de un amor que, así suele ocurrir, exhibió su grandeza cuando él cayó en desgracia. Una historia de amor, por lo demás, en la que la mujer no es cualquier mujer, sino la jovencita que en 1942, con solo 16 años de edad, posó para el artista Juan Olaguíbel cuando este dio forma a la escultura de la Diana Cazadora.



Helvia Martínez Verdayes, la modelo de la Diana Cazadora, fue amante de Díaz Serrano durante 30 años. Dejaron de serlo cuando él, acusado de corrupción, estaba en la cárcel. El ex director de Pemex, amigo personal de López Portillo, mantuvo en la sombra a esa mujer mientras el poder lo alumbraba. Cuando el poder, ya en tiempos de Miguel de la Madrid, no solo lo abandonó, sino que lo derribó, conoció la triste realidad: personas leales hay muy pocas, y Helvia fue una de ellas.

Hoy, en Reforma, Miguel Ángel Granados Chapa se ocupa del fallecido: “Díaz Serrano protagonizó un caso de hombre hecho a sí mismo que pudo concluir en la Presidencia de la República, según lo consideró seriamente su amigo José López Portillo, quien lo designó y removió de la dirección de Petróleos Mexicanos... Se hizo desde muy joven empresario y proveedor de Pemex. El punto culminante de esa carrera lo representó su participación en Perforaciones Marinas del Golfo (Permargo), cuya propiedad se dividía entre los tres Jorges: Escalante, Díaz Serrano y Bush, poco antes de que éste triunfara en la política norteamericana. Permargo recibía jugosos contratos de Pemex, que sólo en los tiempos en que Díaz Serrano fue director importaron 25 mil millones de pesos”.

Para Granados Chapa, amparado en su amistad con López Portillo, Díaz Serrano dirigió a Pemex como una empresa propia: “El colmo de su autonomía llegó en junio de 1981, cuando sin consultar al gabinete económico del que dependía, pero con la autorización presidencial, disminuyó en 4 dólares el precio del petróleo sin bajar el volumen de la producción. Anticiparse a las medidas de la OPEP a favor de los consumidores, principalmente Estados Unidos, desordenó el mercado del petróleo y enfureció a los colaboradores de López Portillo. No quedó a éste más remedio que despedirlo”.

Cuando De la Madrid llegó al poder, decidió procesar por corrupción a Díaz Serrano, que era senador. La PGR, en 1983, pidió su desafuero, “acusándolo de obtener personalmente una ganancia de 5 mil millones de pesos en la adquisición de dos buques tanque gaseros”, según cuenta Granados Chapa.  Estuvo en la cárcel cinco años y ahí se casó con la Diana Cazadora…

El recuerdo de la modelo de la Diana Cazadora y de su amor con el político y empresario corrupto se viene a mi mente en el momento en que leo, de Carlos Fuentes, “Diana La Cazadora Solitaria”, que no es una historia basada en la escultura ni en la mujer de Díaz Serrano ni en las crisis de principios de los ochenta.

Fuentes narra otra historia de amor, años antes, en otra de las crisis mexicanas. Es una etapa en la vida del escritor, entre 1969 y 1970. De su enamoramiento, verdadero, de una mujer de 32 años de edad cuando él tenía ya 40. Ella, prototipo de la joven blanca, rubia, sencilla, de familia puritana, la belleza típica de cualquier pueblo, se había convertido en una luchadora social que hoy podría empezar a ser, gracias a la novela de Fuentes, el símbolo de toda una época.

La época de la tragedia del 68. Cito a Fuentes: “Quería decirle al gobierno autoritario y asesino del 2 de octubre de 1968: Ustedes duran seis años. Nosotros duramos toda la vida. Su saturnalia es sangreinta y opresiva. La nuestra es sensual y liberadora”.

Y no puedo evitar mencionar este párrafo que habla de la grandeza y miseria de nuestros intelectuales: “José Revueltas fue a la cárcel por su participación en el movimiento regenerador; Martín Luis Guzmán alabó en una comida del Día de la Libertad de Prensa al presidente Gustavo Díaz Ordaz, responsable de la matanza. Octavio Paz renunció a la embajada en la India; Salvador Novo entonó un aria de agradecimiento a Díaz Ordaz y las instituciones”.

En ese México Carlos Fuentes conoció a su Diana: “Me intrigaba conocer en Diana precisamente, la calidad interna de la crueldad, de la destrucción, en una mujer, lo sabíamos todos, tan solidaria, tan entregada a causas liberales, nobles, compasivas. Su nombre aparecía en todos los manifiestos contra el racismo, por los derechos civiles... Hasta tenía una sudadera con la imagen del ícono supremo de los sesenta, el Che Guevara”.

Una mujer, Diana Soren (Jean Seberg), que fue destruida porque era destruible. Al encontrarse, dicen el marido viudo y el narrador Carlos, su antiguo amante, sobre ella, respectivamente:

-Era una ingenua política. Le advertí muchas veces que los gobiernos democráticos saben que la mejor manera de controlar un movimiento revolucionario consiste en crearlo... Ella nunca entendió esto. Cayó una y otra vez en la trampa. La FBI decidió darle la puntilla con una gran carcajada.
-Creí que la ibas a defender.
-Claro que sí. Diana Soren, querido amigo, fue un ser ideal. Resumió el idealismo de su generación, pero fue incapaz de vencer a una sociedad corrupta y a un gobierno inmoral. Es todo. Piensa así en ella”.

Nada tiene que ver esta Diana, la de Carlos Fuentes, con la escultura y con la mujer de Díaz Serrano, excepto el nombre y el título de la obra del escritor. Pero en una semana de cuentos de hadas por la boda entre Kate Middleton y el príncipe William, de amores falsos como el que Marcelo Ebrard ha exhibido en la revista Quién y del fallecimiento de un símbolo de la corrupción mexicana que solo vino a ser verdaderamente grande, con su pareja, en la cárcel, me obligan a mencionar que hay amores, por breves, largos o tormentosos que sean, que inspiran y motivan. Los dos meses de relación entre la Diana de Carlos Fuentes y el escritor marcaron a este intelectual que ahora nos entrega una obra que vale la pena leer porque, por momentos, hace que se eleve el espíritu. Los 30 años de relación informal del rico y poderoso Díaz Serrano con la Diana Cazadora, pero sobre todo su matrimonio en prisión, a pesar de lo sucio que él fue como administrador público, tienen también algo de sublime.

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