lunes, 25 de abril de 2011

Carlos Salinas

Hoy vi en la prensa, es decir, en las versiones de internet de dos diarios nacionales, sendas columnas firmadas por el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. No voy a analizar el contenido de los escritos que Salinas difundió en El Universal y en Reforma porque, aunque esta persona escribe con propiedad, lo que ha dicho hoy, evidentemente, lo ha expresado ya en el pasado muchas veces.
Cada vez que Salinas se presenta en público, ya dictando una conferencia, ya presentando un libro, ya publicando artículos periodísticos, lo que a él menos le importa son los temas que trata. Lo que el ex presidente busca, con una terquedad digna de mejor suerte, es reivindicarse, limpiar su imagen, convencer a los mexicanos de que es falso todo lo que se dice de él desde el terrible año de 1994.
Ni Gustavo Díaz Ordaz ha sido tan cuestionado y tan repudiado por la opinión pública como Carlos Salinas de Gortari. Este hombre es, sin duda, casi veinte años después de que dejó Los Pinos, una figura pública sólo apreciada en ciertas élites, pero literalmente detestada por la inmensa mayoría de la población mexicana.
No es para menos, ya que si Salinas llegó muy mal al poder (después del gran fraude electoral de 1988 en contra de Cuahutemoc Cárdenas) se fue todavía en forma peor, infinitamente peor, del gobierno. Lo que pasó en 1994, el último año del periodo de Salinas, fue terrible: el levantamiento zapatista en Chiapas y los asesinatos de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI, y José Francisco Ruíz Massieu, un personaje muy importante en aquel sistema político.
La gente en su momento, con o sin evidencia, culpó a Carlos Salinas de los hechos anteriores. Justa o injustamente, Salinas quedó marcado para siempre por esos hechos, a los que se sumaron en diciembre de 1994 y en los primeros meses de 1995 otras dos situaciones muy lamentables. Me refiero a la peor crisis económica de la época reciente, en la que comparten responsabilidades por igual tanto Salinas de Gortari como su sucesor Ernesto Zedillo. Y me refiero también al arresto, acusado de homicidio y de graves actos de corrupción de Raúl Salinas de Gortari.
La suma del conflicto en Chiapas, los asesinatos políticos, la crisis económica y la puesta en evidencia de la gran corrupción de la familia Salinas, acabaron definitivamente con el prestigio del ex presidente que se tuvo que ir lejos de México durante varios años. Desde Irlanda o desde Cuba, Salinas se dedicó a observar cómo su nombre y su imagen eran destruidos durante cada día de los seis años del gobierno de Zedillo. Uno de los objetos más vendidos en las calles de todo el país eran las máscaras de Carlos Salinas de Gortari, por mencionar sólo un dato que ilustra el nivel que alcanzó su desprestigio.
Cuando Zedillo dejó el poder, Salinas decidió emprender una campaña para reposicionar su imagen. Lo ha intentado todo durante ya mucho tiempo y es muy poco lo que ha logrado. En mi opinión no tendrá éxito en su proyecto de limpiar completamente su imagen. Porque no es poca cosa lo que hizo o, en el mejor de los casos, lo que millones de mexicanos piensan que hizo. Le sobran amigos en los medios, en la política y en el sector empresarial, sin duda. Pero le falta apoyo popular. La gente no lo va a perdonar, desde luego por el tamaño de las faltas que se le atribuyen, pero también porque insiste en pelear de tú a  tú con el líder político de izquierda más aceptado entre la gente de menores ingresos y entre los intelectuales que nada le deben al señor Salinas.

1 comentario:

roberto dijo...

Saludos Nat, felicidades y gracias por tus reflexiones, te comparto las mías: a Calderón le pasará algo parecido, o algo peor, porque llegó al poder en circunstancias aun no aclaradas, ha gobernado muy mal y, para desgracia nuestra, falta lo peor