sábado, 19 de marzo de 2011

El mundo contra el Nerón de Libia

Me preguntarán por qué llamo al dictador Gadafi "el Nerón de Libia". Pues por una columna de Javier Valenzuela, de El País, publicada el pasado 27 de febrero. Se titulaba "No era Saladino, era Nerón", y el autor decía que Gadafi, por extraño que parezca ahora, fue un chico guapo en sus inicios. Sí, cito a Valenzuela, ese "Nerón greñudo, de rostro acartonado y estrafalaria vestimenta que vocifera mientras acribilla a su pueblo quiso ser Saladino". Pero ha terminado siendo un Nerón que está incendiando a su patria y con ella a los ciudadanos que simple y sencillamente ya no soportan su tiranía.

Si de verdad fuera Saladino, es decir, un defensor auténtico y honesto del islam, el mundo le respetaría. Pero, al margen de su retórica Gadafi, sólo es un sanguinario dictador que no respeta los más elementales derechos humanos.

Mentiría si no dijera que estoy de acuerdo con la ofensiva que el mundo occidental acaba de lanzar en contra del ejército de Gadafi. Nunca nadie debe aplaudir una guerra, ya que la experiencia dice que los conflictos bélicos son de un fin siempre indeterminado, es decir, no hay manera de garantizar la victoria de los justos. Pero inclusive si fuera grande el riesgo de que el ataque occidental fortaleciera a Gadafi, ya no era posible evitarlo. Porque no ha sido una sola la ofensa criminal que el Nerón libio ha lanzado contra su pueblo: Ni han sido dos, ni han sido diez. En ningún momento desde que empezó la crisis Gadafi ha dado muestras de querer llevar la fiesta en paz. Ha matado, sigue matando y cada día aumenta su furia, su apetito por la sangre de quienes se le oponen. No había, pues, otra opción que la de la guerra.

Hay que admitir la posibilidad de que Gadafi gane. No sólo por el hecho de que nunca se puede saber si una fuerza es absolutamente superior a otra, sino porque, como bien han dicho los viejos estrategas, se puede saber cómo y cuándo empieza una conflagración bélica, pero no se puede determinar cómo y cuándo terminará, ni a favor de quién. Pero Gadafi no ofreció ninguna alternativa. Lo suyo ha sido aplastar y matar, y cuando pudo dejar de hacerlo, inclusive como una táctica para permanecer en el poder, arrogante siguió aplastando y matando. Está claro que es una bestia que no se detendrá, y por peligrosa que sea hay que tratar de cazarla.